octubre 04, 2012

Los textos sagrados de las religiones y los “dioses” que vinieron de las estrellas ...(4)


En lenguaje actual podríamos suponer que en la nave espacial había estallado un motín, ya que algunos de los oficiales de alto rango estaban en desacuerdo con el comandante. El jefe de los rebeldes se llamaba Ismael (o Lucifer), que según la leyenda era «el mayor príncipe entre los otros». Parece ser que Ismael ostentaba más poder que el resto de la tripulación, pues era el único que tenía «doce pares de alas». Sin embargo, Ismael y sus partidarios perdieron la batalla a bordo y fueron expulsados del «cielo». En cuanto estos expulsados llegaron a la Tierra, si nos guiamos por las leyendas, desarrollaron un gran apetito sexual, ya que Ismael, sedujo a Eva: «Y he aquí que él no parecía un ser terrenal, sino un ser celestial.» Otros miembros de la tripulación también se unieron con otras mujeres terrestres, tal como se explica en el Génesis: “Y acaeció que, cuando comenzaron los hombres a multiplicarse sobre la faz de la Tierra, y les nacieron hijas, viendo los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas, tomaron mujeres, escogiendo entre todas”.
La frase «los hijos de Dios» se han traducido como  «los gigantes», «los ángeles caídos», o «seres espirituales renegados». Cualquier especialista en hebreo puede decirnos lo que significan exactamente las palabras en cuestión: «Los que habían descendido eran semejantes a los hombres y mucho mayores que los seres humanos». La idea  de que los extraterrestres podrían aparearse con los terrestres podría tener que ver con la frase «los dioses crearon a los hombres a su imagen…». El comandante de la nave espacial observaba con preocupación lo que sucedía en la Tierra, ya que la hibridación de los extraterrestres con los terrestres hizo aparecer unas criaturas muy distintas a la raza creada del Homo sapiens. Y todo parece indicarque en realidadéste fue el pecado original de la mitología. Los seres humanos estaban heredando mensajes genéticos erróneos. El Génesis dice: «Y se arrepintió el Señor de haber hecho hombre en la Tierra, y le pesó en su corazón».  El comandante de la nave espacial debía interrumpir de algún modo el experimento y empezar de nuevo. Pero los ángeles renegados poseían probablemente unas armas poderosas y podían esconderse en cuevas, por lo que era muy complicado enfrentarse a ellos. No podemos saber si el diluvio fue provocado intencionadamente o si fue debido a alguna catástrofe natural. Pero lo que si parece claro es que «dios» debía de tener información del momento exacto en que tendría lugar el diluvio, por lo que  pudo advertir a sus protegidos.

 

Los teólogos consideran que los textos sagrados son “la palabra de Dios” que se reveló a unos pocos escogidos. Pero cuando se elimina la simple fe lo que quedan son los propios textos, desprovistos de su carácter sagrado. Y cuando eliminamos la creencia en el carácter sagrado de estos textos es cuando podemos empezar a estudiarlos. En “el apocalipsis de Abraham”, el autor describe a dos seres celestiales que bajan a la Tierra. Estos dos seres celestiales subieron a Abraham a las alturas, pues el Señor quería conversar con él. Abraham cuenta que no eran humanos y que le produjeron mucho miedo. Dice que tenían el cuerpo brillante «como un zafiro»; lo hicieron subir entre humo y fuego, «como con la fuerza de muchos vientos». Cuando llegó a las alturas, vio «una luz gloriosa e indescriptible» y unas figuras grandes que se gritaban entre sí unas palabras «que yo no entendí». Y añade: «Pero yo quería volver a caer a la Tierra; el lugar alto donde nos encontrábamos estaba tan pronto de pie como cabeza abajo». Alguien nos está contando en primera persona que quería «volver a caer a la Tierra».
Es lógico suponer, por lo tanto, que estaba más alto que la Tierra. Y nadie sin conocimientos científicos modernos podría haber sabido que las grandes estaciones espaciales siempre rotan sobre su propio eje. La gravedad artificial sólo puede conseguirse en el interior de la nave gracias a la fuerza centrífuga provocada por la rotación propia de la nave. Y “el Apocalipsis de Abraham” dice: «El lugar alto donde nos encontrábamos estaba tan pronto de pie como cabeza abajo.» Y además Abraham dice que estos seres no eran humanos y que sus ropas brillaban como el zafiro. ¡Sorprendente!
Los antiguos relatos judíos dicen que Enoc fue «un rey de los hombres» que reinó durante «doscientos cuarenta y tres años» y que estaba lleno de sabiduría y la comunicó a todos. Según el geógrafo e historiador Taki al-Makrizi fue el constructor de las grandes pirámides de Egipto. Éste cuenta en su obra Hitat que Enoc fue conocido con cuatro nombres diferentes: Saurid, Hermes, Idris y Enoc. El pasaje siguiente está tomado del capítulo 33 del Hitat: “El primero, Hermes, llamado triple por sus atributos de profeta, rey y sabio (…) leyó en las estrellas que había de llegar el diluvio. Entonces mandó que se construyeran las pirámides, y ocultó en ellas tesoros, textos y escrituras y todo lo demás que podría perderse de otro modo, para que se conservase”. Tanto para la teología judía como para la cristiana, Enoc es el séptimo de los diez primeros patriarcas antediluvianos, que fue padre de Matusalén, del que se afirma que alcanzó la increíble edad de 969 años.
En el Antiguo Testamento, Enoc sólo aparece en cinco versículos del Génesis. Y al final se dice: «Y Enoc caminó con Dios y no fue visto más, pues Dios se lo llevó.» En hebreo, la palabraenoch significa «el iniciado». Este iniciado se preocupó de que sus conocimientos no desaparecieran sin dejar rastro. Existen dos libros que no están incluidos en el Antiguo Testamento pero que se cuentan entre los textos apócrifos. Los Padres de la Iglesia que recopilaron la Biblia no supieron qué hacer con los textos de Enoc. Los excluyeron porque no los comprendían. Pero la Iglesia de Etiopía no hizo caso de las órdenes de los eclesiásticos que ostentaban el poder, con lo que el libro de Enoc acabó en el canon abisínico. También salió a la luz una variante eslava del mismo libro. La comparación de los dos textos realizada por los especialistas demostró de manera concluyente que ambos procedían de una misma fuente original escrita por un mismo autor, el propio Enoc.
El libro de Enoc no sólo está escrito en primera persona, sino que el autor recuerda constantemente su propia autoría. A este respecto podemos citar el siguiente párrafo: “En el primer mes del año trescientos sesenta y cinco de mi vida, el primer día del primer mes, yo, Enoc, estaba solo en mi casa (…) y aparecieron ante mí dos grandes figuras de hombres, como no las había visto nunca hasta entonces sobre la Tierra…. Ésta es la enseñanza completa y verdadera de la sabiduría, escrita por Enoc, su autor (…), y ahora mi hijo Matusalén, te lo digo todo y lo escribo para ti. Te he revelado todas estas cosas y te he transmitido los libros que tratan de ellas. Conserva, mi hijo Matusalén, estos libros de mano de tu padre, y traspásaselos a las generaciones futuras del mundo”. Deducimos que la fuente original procede del Enoc antediluviano pues llama Matusalén a su hijo.
Además, Enoc afirma que estaba despierto y  entregó a su familia instrucciones exactas sobre lo que debían hacer durante su ausencia. Tampoco puede haber sido una visión antes de la muerte, pues después de sus conversaciones con los «ángeles» regresó al lado de su familia. Sólo mucho más tarde desaparece entre las nubes en un carro de fuego. Como en el Antiguo Testamento, Enoc relata lo que sucede cuando los ángeles se amotinan. En “el libro de Enoc” se dice: “Cuando los hijos de los hombres se multiplicaron, les nacieron hijas encantadoras y amorosas. Cuando los ángeles, los hijos del cielo, las vieron, las desearon y se dijeron los unos a los otros: «Tomémonos esposas de entre las hijas de los hombres, para que nos den hijos.» Entonces su jefe, Semiaza, les dijo: «Temo que no llevéis a cabo esto; entonces yo tendría que cargar con la culpa de una gran transgresión.» Entonces, todos le contestaron: «Entonces, pronunciemos todos un juramento y comprometámonos a no renunciar a este plan y a llevarlo a cabo.» De modo que todos pronunciaron un juramento y se comprometieron a ello. Eran todos doscientos, que en los días de Jared bajaron de la cumbre del monte Hermón”.
Esto muestra claramente un motín de «los hijos del cielo». Y lo que sucedió fue lo siguiente: “Todos ellos se tomaron esposas. Después empezaron a tener acceso con ellas y a hacer actos impuros con ellas. Y les enseñaron las artes de la magia y de las hierbas, y les enseñaron el conocimiento de las plantas. Y sus esposas quedaron preñadas y parieron gigantesde 100 varas de alto. Éstos devoraron las provisiones del resto de la gente. Pero cuando no quedó nada más para alimentarlos, los gigantes se volvieron contra la gente y se la comieron. Y empezaron a devorar pájaros, animales salvajes, criaturas que se arrastran y peces, y también se comían y se bebían la carne los unos a los otros. Y la Tierra se quejó en voz alta de estos monstruos”. La escena antediluviana se describe con muchos detalles. Los ángeles que no habían participado en el motín lo observaban todo desde lo alto. Dieron parte al Señor (comandante), y éste decidió: «Toda la Tierra quedará sumergida; vendrá un diluvio de agua sobre la Tierra y destruirá todas las cosas
El libro de Enoc es realmente sorprendente por el nivel de detalle que contiene y que no se encuentran en ningún otro texto. Enoc incluso facilita la lista de nombres de los dirigentes del motín así como sus funciones. Pero, ¿qué sucedió con Enoc? El Antiguo Testamento dice que Enoc desapareció sin dejar rastro y subió a las nubes en un carro de fuego. Los antiguos relatos judíos dan más detalles sobre su partida. Los ángeles, al parecer, habían prometido llevarse consigo a Enoc, pero todavía no habían fijado la fecha de la partida. «Me dijeron que viajaría a los cielos, pero todavía no sé cuál es el día en que os dejaré». De modo que Enoc reunió a los suyos a su alrededor y les contó lo que le habían dicho los ángeles. Les dijo especialmente que no ocultasen sus libros ni los guardasen en secreto, sino que se los hicieran accesibles a las generaciones futuras: “Sucedió que, mientras la gente estaba reunida alrededor de Enoc y él les hablaba, levantaron los ojos y vieron la figura de un corcel que bajaba del cielo a la tierra como en una tormenta. Y la gente dijo a Enoc lo que veía, y Enoc les dijo: «Este corcel ha descendido a la Tierra por mí. Ha llegado el momento y el día en que me iré de vuestro lado y no volveré a veros.» Y entonces llegó allí el corcel, y todos los hijos de los hombres lo vieron con sus propios ojos”.
Estaba claro que los seres celestiales habían informado a Enoc de que el despegue sería muy peligroso para los presentes. Por ello, él intentó apartarlos. Advirtió a los espectadores varias veces que no lo siguieran, «para que no muráis». Algunos titubearon y se apartaron a una buena distancia, pero los más insistentes querían contemplar de cerca la partida de Enoc. Le dijeron: «Te acompañaremos al lugar a donde vayas; sólo la muerte nos apartará de ti.» Como no hicieron caso de sus palabras, él no habló más con ellos, y ellos lo siguieron y no volvieron atrás. Y sucedió que Enoc subió al cielo entre una tormenta, sobre corceles de fuego, en un carro de fuego. Esta ascensión a los cielos produjo la muerte a todos los observadores. Al día siguiente, la gente fue a buscar a los que habían acompañado a Enoc. Y los buscaron en el lugar donde Enoc subió al cielo. Y cuando llegaron al lugar, encontraron la tierra cubierta de nieve y entre la nieve había grandes piedras como de granizo. Y se dijeron entre sí: «Apartemos la nieve y veamos si encontramos a los que acompañaron a Enoc.» Y apartaron la nieve y encontraron a los que habían acompañado a Enoc, muertos bajo la nieve. Buscaron también a Enoc, pero no lo encontraron, pues habla subido a los cielos (…). Esto sucedió en el el año 113 de la vida de Lamech, hijo de Matusalén”.
Parece difícil creer que un “dios” misericordioso o sus enviados dejaran que centenares personas, que habían escuchado a Enoc y lo habían acompañado al punto de despegue, quedaban reducidos a cenizas, mientras su maestro Enoc ascendía a los cielos. Enoc ascendió a los cielos entre una tormenta, en un carro de fuego, mientras abajo los receptores de su sabiduría ardían, junto con la tierra y las piedras, y quedaban convertidas en cenizas blancas como la nieve. A este respecto debemos decir que algunos tipos de piedra caliza se ponen blancos como la nieve cuando se someten a un calor elevado. Ninguno de estos hechos: la caída de los ángeles rebeldes, el diluvio, la ascensión de Enoc o el viaje espacial de Abraham encajan con la imagen de un Dios misericordioso. Además, ¿por qué un Dios omnipresente tenía que llamar a su presencia a Abraham para hablar con él? Si era omnisciente debería saber lo que pensaba y sentía Abraham. En este caso, ¿para qué se necesitaba una nave espacial que rotaba sobre su eje por encima de la Tierra?
Parece claro que el Dios que se describe en estos textos no parece ser el Creador omnipresente al que veneran las religiones. Parece más razonable pensar en viajeros  extraterrestres. Bajo esta perspectiva podemos entender entonces las actitudes “tan humanas” de estos ángeles caídos, tales como sus impulsos sexuales. Podemos también entender entonces las causas del diluvio y del deseo del «dios» de comunicarse con seres humanos determinados; y asimismo podemos entender por qué murieron quemadas las muchas personas que no hicieron caso de las advertencias de Enoc. Así resulta comprensible, asimismo, el miedo de la gente al día del juicio, a algún tipo de ajuste de cuentas universal. Pues «dios» había prometido regresar.
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