La idea de que los conocimientos técnicos para desarrollar las pirámides vinieron de las estrellas no es nueva. En la década de los setenta el controvertido investigador alemán Erich Von Däniken se encargó de poner en evidencia sólo algunos puntos que sugerían la participación de una civilización extraterrestre en el desarrollo tecnológico de ciertos pueblos en la antigüedad. ¿Por qué – se pregunta Däniken – habían de deformar las cabezas de algunos niños? “para que sus cráneos se parecieran a los de los dioses antiguos. A lo largo y a lo ancho de la Tierra – asegura – los hombres habían topado con esos seres inteligentes y dignos de respeto”. Hancock llega más lejos y asegura que en los Textos de las Pirámides hay referencias claras de la procedencia de estos seres elevados a la categoría de dioses por el hombre. “Según la leyenda – asegura en su libro “Las huellas de los dioses” (Ediciones B) – Osiris – Orión fue el primero en ascender por la gran escalera que habían construido los dioses”. Esta escalera, precisa Hancock, no se extendía hacia arriba, desde la tierra hasta el cielo, sino hacia abajo, desde el cielo a la tierra. En el párrafo 669 de este texto jeroglífico puede leerse: “Con qué medios puede volar el Rey hacia arriba?” ¿Volar en el antiguo Egipto? ¡Asombroso! Casi tan asombroso como los más de dos millones y medio de bloques de piedra que componen la Gran Pirámide. Encajados con una precisión increíble. Un monumento que, a diferencia del resto, no contiene ni un solo jeroglífico egipcio si obviamente descartamos el cartucho con el nombre de Keops que se halla en la última cámara de descarga de la Gran Pirámide. Un jeroglífico que, según el especialista en temas astroarqueológicos Zecharía Sitchin es una falsificación efectuada por un estrecho colaborador de su descubridor, Howard Vyse. En nuestra visita a las pirámides tal vez no podamos ver este polémico jeroglífico pero sí podremos advertir la ausencia de otras pinturas, incluida la cámara del rey donde, normalmente, se hallan glosas al faraón que preparan su vida eterna. También advertiremos la depurada técnica constructiva que aún con todos los adelantos resulta inoperante hoy en día para efectuar una obra de estas dimensiones. El viajero más osado podrá interpretar en sus muros la ciencia perdida de sus constructores. La pirámide es un modelo a escala del hemisferio septentrional de la Tierra. En sus medidas se halla el diámetro ecuatorial del planeta, el número pi, la milmillonésima parte de la distancia entre la Tierra y el Sol así como otros números, medidas y distancias significativas para el hombre actual, en posesión de conocimientos entonces ignorados como que la Tierra es esférica y que el año solar tiene 365 días.Puede que el hombre moderno haya tratado con desdén los conocimientos de los antiguos egipcios. Puede que incluso, dispusieran de elementos que no serían “redescubiertos” hasta más tarde como, por ejemplo, la electricidad… Adivino tu sorpresa. Pero ¿cómo sino lograron pintar y construir en profundos subterráneos? Ya sé, todos hemos visto esos largometrajes de Hollywood donde maravillosos espejos transportaban hasta los más recónditos lugares de la construcción la luz de Ra. Pero, ¿qué me dirías si te mostrara un jeroglífico donde se puede ver lo que, a simple vista, definiríamos como bombillas? El singular hallazgo tuvo lugar en el templo de la diosa Hathor, a cerca de 70 kilómetros de Luxor, erigido en los tiempos de Ptolomeo, y del que hoy sólo es visible una parte pues ha sido restaurado y destruido en varias ocasiones. Fue explorado en el siglo pasado aunque no fue hasta 1992 cuando sus relieves se interpretaron fuera de los cánones estrictamente ortodoxos. En aquella época vio la luz el libro de Peter Krassa y R. Habeck titulado “La luz de los faraones” (Das Licht der Pharaonen) en el que los dos astroarqueólogos relacionan unas enormes burbujas sujetas por criaturas de aspecto humano con ¡bombillas! Estos relieves se hallan en una de las doce criptas del templo a Hathor. En la actualidad sólo se puede visitar una de ellas y vale la pena. En la oscuridad de sus catacumbas se conservan los relieves y las pinturas terreno de discordia. Se trata de dos individuos enfrentados que sostienen lo que parece una burbuja de cristal vacío en cuyo interior fluctúa una serpiente que sobresale de una flor de loto. El tallo de la planta parece estar conectado a una misteriosa caja – acaso un generador – encima del que se distingue un jeroglífico que muestra un hombre con los brazos en alto y un disco solar en la cabeza que según el historiador vallisoletano Nacho Ares corresponde a un elemento de tipo religioso.
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